martes, 8 de febrero de 2011


CARNAVAL EN COLOMBIA: CUANDO EL PUEBLO TOREA AL DIABLO

(Publicado en "7 días", Periódico Cambio, Febrero 2011)

En el departamento colombiano de Caldas, situado en el centro del país, la localidad de Riosucio -55 mil habitantes- celebra cada dos años un carnaval dedicado al diablo. Desde el cuarto día empiezan las corridas populares, allí llamadas corralejas. Los atrevidos vencedores que consiguan burlar al toro feroz,
representante del diablo o diablo en sí mismo se proclaman reyes por un día.



En el departamento colombiano de Caldas, situado en el centro del país, la localidad de Riosucio -55 mil habitantes- celebra cada dos años un carnaval dedicado al diablo. La fiesta, que empieza el primer viernes del mes de enero y dura seis días, se considera una de las manifestaciones festivas y populares más representativas de Colombia. Celebrado desde el año 1847, el carnaval fue declarado en 2010 patrimonio cultural inmaterial de la nación.

En pleno corazón del carnaval, se desarrollan a partir del cuarto día, corridas populares donde los habitantes risueños afrontan a toros seleccionados en la región. Son las corralejas. La república carnavalesca las celebra con sonrisa y subversión. La inversión de valores y la alteración del orden establecido propios del carnaval, encuentran en el encierro de las corralejas su momento más decisivo: se proclaman reyes por un día los atrevidos vencedores que consigan burlar al toro feroz, representante del diablo o diablo en sí mismo.

Las corralejas riosuceñas burlan al colonizador español, propietario de los toros y aficionado a las corridas. El ruedo depurado de las arenas y el noble porte del torero español dejan lugar a un circo de hierba donde disfrazados personajes, motivados por tres días de fiestas, pasean al lado del torero- gallina, torero burlesco y antinómico, asustado por el animal cornudo. El juego de las corralejas consiste en acercarse al bovino evitando sus cargas. Pocos lo consiguen.

Las arenas ocupan la superficie de un campo de fútbol y desde las 15h, 8 mil personas ocupan parajes alquilados para las tres tardes que duran las corralejas. Desde los corredores de cañas de la entrada, las arenas aparecen multicolores y ruidosas. La bajada hacia el circo es ardua, radical, solo paran los pies del visitante maderas regulando el suelo de barro, a modo de escaleras. Cierran la plaza de toros gradas de cañas de unos tres metros de altura, algunas protegidas por techos de plástico negro.

Al sonido de las bandas, el espectáculo da comienzo con la entrada de los jinetes. La belleza y nobleza de los caballos recuerdan al orden establecido, al dominio de los terratenientes sobre la muchedumbre. El porte artístico y arrogante de los caballos de raza, contrasta con la llegada de los primeros emisarios de la república carnavalesca. No es día para la nobleza, el pueblo disfrazado de rey penetra en el circo siguiendo el ritmo de la banda. Saltan los fuegos artificiales y el ruido de los petardos acalla a la muchedumbre. Payasos, jueces diabólicos, ministros de comparsas, cantos satíricos y salaces, mujeres impúdicas y motos con cabeza de toro, desfilan en el ovalado encierro al pulso del paso doble. El público saluda a sus héroes. El torero-gallina recibe los abrazos efusivos de los espectadores, como flores tiradas en la arena al final de una corrida. Ídolo del momento, ya se ha ganado el corazón de todos.

Pronto las motos empiezan su baile imitando a toros enfurecidos. Súper-héroes con botellas de ron, se lanzan a torear. Las bromas acompañan a los bailarines del desfile hasta que la fanfarria desaparece por la puerta de las gradas, seguida por los caballos. Quedan en el encierro, los aspirantes a la gloria, al triunfo de un día en la pelea con alguno de los seis toros presentados durante la tarde.

Es la hora de la bestia. El paso doble se enmudece. Sentados en las gradas y golpeados por los rayos del sol, los espectadores unen sus voces para pedir la entrada del primer toro. El animal entra de repente por una puerta lateral. El público se alboroza. Olvidados los nobles jinetes, la burla y lo ridículo de los toreros-gallinas, vienen a presenciar el juego de los hombres con el animal cornudo, hijo representante del diablo. Acá, no hay banderillas ni espadas para matar al toro, solo payasos, capas de colores, y 200 hombres listos para acercarse al animal evitando las cuernas -que llevan una protección-. Un juego de niños que caminan en un hilo tendido entre la vida y la muerte, la gloria efímera y el recuerdo popular. En la leyenda de esos enfrentamientos épicos quedó la historia del Chorizo, hijo riosuceño, quien antes de entrar en la arena dejó plantada en la memoria de la ciudad la frase que propiciaría su muerte: “Quiero que me lleve el diablo”. El toro lo golpeó por atrás, y se lo llevó.

Los toros se suceden en el arenal. A medida en que pasan las horas, los protagonistas multiplican los riesgos, saltando encima o toreando al animal. El cuello forzudo tira en el aire a los primeros imprudentes, sin accidente grave. Los caídos, pisoteados por el toro, se hacen los muertos hasta que alguien llama la atención del animal. Pronto desaparecen debajo de las gradas para recibir cura. En un ambiente eléctrico, los cobres de las trompetas anuncian la entrada del último toro, “el más bravo” según los especialistas. De los inconscientes presentes en el encierro destacan dos hombrecillos que multiplican las proezas. Torean al animal con fineza, despertando la admiración de las gradas. “Olé”, el muchacho de la capa azul acaba de cruzar toda la anchura del parque, con el toro pegado a la tela. Este es hijo de la costa, donde pelean a toros con cuernos desnudos. El hijo del país, un chico flaco con capa roja, salta de una pirueta evitando los cuernos. Recibe aplausos y sigue en la plaza para torear a su vez. El pueblo tiene a sus héroes. Y para agradecerle su coraje, el paisano regala pesos y aguardiente.

La astucia y la bravura propia de los hijos pródigos arrastraron a la bestia diabólica, cornuda y musculosa, enmarcando el acto festivo en una historia épica. El encierro del arenal se convirtió por algunas horas en el centro del mundo. Donde fuerzas definidas como diabólicas y humanidad desnuda buscaron resolver, apartados de la mirada arrogante de los jinetes aristócratas, la eterna cuestión del vivir anónimo. Morir de pie o vivir sin dejar huella, acercarse a la muerte para sobrevivir en los corazones y la memoria popular. Ser pobre y héroe, entrando en la gran historia carnavalesca de la subversión del orden establecido. Escaparse unos momentos del orden social y de la historia de los dominantes para que se sigua escribiendo con esperanza la leyenda del carnaval. “Quiero que me lleve el diablo” decía el Chorizo.