martes, 15 de noviembre de 2011

La puerta de los dioses de Santa Vera Cruz.




“La misma vida es tan sagrada como pagana, no hay porqué hacer esta división, la cual sufre el cristianismo”. (Padre Enrique, párroco de Santa Vera Cruz.).





Foto: Periódico Los Tiempos


En la llanura de Cochabamba (Bolivia), florece los primeros días de mayo la fiesta de la fertilidad en la Parroquia de Santa Vera Cruz.


La celebración expresa un culto Cristiano adaptado a la vivencia cotidiana de los campesinos de los valles andinos quechuas. En él se mezclan las creencias católicas y andinas, dando lugar a una doctrina y a un culto propio fruto de una expresión identitaria silenciada durante siglos.

La fiesta adoptó como máximo símbolo, un cristo moreno, nombrado Tatala por los creyentes que confían en sus poderes como confían en las Huacas sagradas (lugar sagrado del mundo andino, materializado por un elemento natural como una piedra o un monte).

Antes de la llegada de los colonizadores, se festejaba la Cruz andina, la Chakana, como puente cósmico entre los hombres y el macrocosmo concebido como lo sagrado. Existe aún la costumbre de colocar cruces para proteger los cultivos durante todo el año agrícola.

El 3 de mayo, día en que la cruz del sur adquiere una forma perfecta, marca el fin del año agrícola y el inicio de las cosechas. Los campesinos agradecen a los dioses haber prodigado fertilidad y abundancia, acudiendo en masa hasta la parroquia para realizar ofrendas a Dios y a la Pachamama.
Piden al Tatala, fertilidad de la tierra, de los animales y de las mujeres.

La puerta de los dioses de Santa Vera Cruz, crónica realizada en mayo del 2011.



Sobre la tierra brotan montículos de piedras y carpas de colores. Huele a humo y las chicherías de la carretera principal exhalan un aliente de resaca permanente. Creció un campamento nómada, una joya gitana con un vestido de virgen, que solo cesa sus ocupaciones festivas para desocupar la vía cuando pasa el tren, un ómnibus urbano montado en ruedas ferroviarias.

La feria alarga sus brazos sobre tres kilómetros, tomando a la ruta sur, hasta la parroquia de Santa Vera Cruz, a la salida de la ciudad de Cochabamba.

En medio de cerros secos entre la carretera y un río sin aguas, la parroquia creció como un oasis, en el que las fachadas de los edificios dan cobijo a árboles y plantas. Definido por muros de adobe, aparece bajo el sol mañanero el canchón de la parroquia como un campo de fútbol humeante donde festejan, rezan y duermen los devotos.





Foto: Periódico Los Tiempos.


Las madres con los cabellos mezclados con mixtura de papel, riegan la tierra con el alcohol, Ch’allan -brindan- por la salud de sus hijos y maridos, sentados alrededor de pequeños montículos hechos con piedras para proteger un fuego que quema la bosta de sus animales.



Uno, dos, tres días de fiesta sin dormir, rezando, cantando, bebiendo con la bendición del Cristo, y alimentando a la Pachamama. El Canchón, un campo de tierra delante de la iglesia, parece un fuego a penas apagado, que guarda bajo las cenizas, las brasas de la eternidad, la luz para que no se acabe nunca el acto de fe del pueblo campesino reunido.


El humo negro que se escapa de las chimeneas improvisadas es el aliento de las familias para conectar con la Pachamama. Las cenizas de la bosta, benditas por la oración al cristo Tatala, se recogerán y se esparcieran en los corales para que los animales sean fecundos.


Hay miles de velas y el olor del incienso acaricia al cristo subido al escenario como una estrella Rock. Contempla a la multitud, que espera su turno en una cola interminable, de día y de noche, para poder acercársele, tocarle y pedirle fertilidad. Con el paso de los días, la máscara de sufrimiento del cristo se vuelve burlona, como cargada de los miles de deseos, sufrimientos, y frustraciones que la muchedumbre abandona a sus pies.


Tiene lugar en el altar del cristo, un curioso intercambio entre mujeres: las que no desean procrear, dejan un muñeco con aspecto de niño o niña delante de la imagen, del otro lado, las mujeres que desean tener un hijo alaban las virtudes del Tatala para hacerlas fecundas. Los muñecos son causa de pelea entre mujeres, en un verdadero festín antropófago organizado por el mismo Señor de Vera Cruz. Mujeres de otras latitudes vinieron a buscar un hijo o un nieto, y aprovechan su estatura anglosajona para hacerse campo y recoger varios muñecos. Vuelven a sonar las espadas coloniales, en este saqueo de trapos y de estatuas infantiles, hasta que sol, Arí, buscando desde tiempos inmemoriales a su hermano Yazi, la luna, desaparezca detrás de los eucaliptos del canchón.


La Chicha, el alcohol de maíz de los Incas, así como la coca y el cigarro, siguen pasando de manos en manos mientras los perros buscan comida, rumbeando entre las familias sobre las notas menores de los acordeones y agudas voces de mujeres. Entre charango y guitarra, las polleras juegan con los hombres, que les contestan, componiendo coplas picarescas y burlonas. Cantadas en quechua, consisten en “pinchar” a la pareja para que conteste. Los temas son de vida cotidiana e íntima, y se dirigen al Tata Vera Cruz, por ejemplo:


“yo trabajo todos los días” (la mujer) “¿Y tú qué haces allí parado?” (Dirigiéndose al cristo)



Los versos son un reclamo, una manifestación de peticiones al Señor.


Las coplas se enredan, los ritmos se repiten, hombres y mujeres se buscan detrás de sus versos, hasta unirse para provocar al cristo esperando que trabaje para ellos. En los versos y los bailes los jóvenes campesinos se inician al amor, y con la noche, acaban acomodándose enamorados en algún rincón de hierbas secas.


La fila de creyentes sigue delante del Cristo. Tienen en la mano flores amarillas de retama para tocar al Tatala, apropiándose salud y vida. Las flores se guardarán en casa para espantar a los males espíritus. Salidas de la tierra como bellezas para la poesía humana, son el símbolo supremo de la vida, frente a la destrucción y los males espíritus de la oscuridad.


Cada oración tiene su vela y la noche demencial es una mezcla desbordante de sentimientos humanos dirigidos hacia el Cristo, un gigante vivo y sudoroso de prepotencia. Sus ojos pérfidos parecen reírse de la muchedumbre.


Esta expresión de fe donde se mezclan catolicismo y religión andina, es una expresión de una identidad que durante siglos ha sido censurada. No se reza por los muertos sino para la vida y todo lo que hace parte de ella: dinero, autos, casas, que se compran en sus versiones miniaturas a las vendedoras de la feria, para que reciban la bendición del Señor, trabajo y protección.


A la diferencia del rezo católico, individual y realizado en un espacio definido y silencioso, como puede ser una iglesia, la oración andina se hace hacia afuera, en el canchón, lugar del llanto y de la risa, donde se comparten las esperanzas y la fe en algo superior. Si se pide fecundidad de la tierra es porqué regala la vida.
Explica Enrique: “somos de cultura agraria, nuestra vida depende mucho de la tierra, entonces te tienes que inventar objetos, realidades que te ayuden a sostener eso mismo: que la tierra no te falle, que te dé vida, y en abundancia.”.


El cristo acabará vestido de billetes de banco, y como a los pies de un árbol de navidad, aparecerán en la nave de la iglesia, además de los tradicionales animales, miniaturas de autos, camiones y casas, es decir los diferentes medios para la vida del pueblo boliviano.

Los migrantes bolivianos trajeron otras formas para un culto que parece individualizarse en sus pedidos.


Sin embargo, las misas en quechuas plantean la existencia de un Cristianismo Andino, como una teología ocultada y negada, y que por circunstancias históricas, tiene hoy un papel determinante en la creación de una identidad boliviana descolonizada.

Queda en el aire el aliento de las miles de gargantas que vinieron para pedir fertilidad y prosperidad.


En la cripta ardiente de fe, el padre reclama en quechua los versos de su cristo negro envuelto por el humo de los inciensos.

Acaba de volver al templo el Tatala de las coplas, la cruz de la Chakana, y se cerró detrás de ellos, la puerta de los dioses hasta el año siguiente.









Para ver foto-reportaje completo: http://jeronimorivero.com/galeria/mostrarFotorreportaje/numero/23

































miércoles, 18 de mayo de 2011


Los gallos de la suerte: crónica de una noche de pelea en una gallera colombiana




(publicado en la Revista 7 días, Cambio, Mayo 2011, La Paz)





“Otro día, a las primeras luces, se largó pa' nunca. Llevaba sólo un pequeño envoltorio de trapos, y bajo el brazo encogido, cobijándolo del aire y del frío, su gallo dorado. Y en aquel animalito echó a rodar su suerte yéndose por el mundo”. (Juan Rulfo, El gallo de Oro, p.29.).





En el eje cafetero colombiano, cada pueblo o ciudad cuenta con una gallera, lugar de las peleas de gallos, y un criadero, lugar de cría de las aves de pelea, que acostumbran a situarse en barrios periféricos o en zonas rurales próximas a la urbe. Al margen del tumulto de los centros económicos y comerciales de los núcleos, entre el campo y la ciudad, son el lugar de expresión de un grupo social, con sus normas, su vocabulario, sus mitos y secretos.




Las peleas de gallos van mucho más allá de su violencia inherente o de las apuestas que las sostienen. Son parte de una cultura popular rural, donde hombres y animales desempeñan unos roles definidos en una proximidad cotidiana. A diferencia del mundo urbano, en el que el animal se valora por domesticación y es mascota, acompañante humanizado, las aves de pelea se crían respetando la naturaleza del animal, e incluso incentivando su carácter bélico y salvaje. Los grandes peleadores viven de manera independiente, y vuelven al patio sólo para comer.




Legales y reguladas por el estado colombiano, las peleas de gallos están presentes en todo el territorio. Han sido descritas por algunas grandes plumas latinoamericanas como Gabriel García Márquez y cantadas o pintadas por el folclore popular. Se trata de una pasión que involucra a generaciones de criadores de gallos de pelea. Familias enteras se dedican profesionalmente a criar gallos, subsistiendo con la venta de sus gallos y el cobre de las apuestas. Las galleras del eje cafetero mantienen una gran proximidad con sus criaderos. Los propietarios de los gallos de pelea son, en general, los propios criadores, aunque en algunos casos el criador cuida gallos de otro. En este mundo todos se conocen y trabajan de manera artesanal en pequeñas instalaciones. Son los artesanos de la “Ciencia Gallística” y los actores principales del juego. Buscan, a través de cruces genéticos y del entrenamiento de las aves, conseguir un “gallo fino” que le permita recibir los honores de sus pares.
Si las galleras son la cabeza visible de este universo, los criaderos son el vientre donde se gesta su cultura, a través de la convivencia con las aves y su cuidado cotidiano, por parte de los criadores. “A uno le corre por la sangre” afirman los que crían los gallos de pelea.




Juego y trabajo se unen para dar lugar a un modo de vida compartido por un centenar de aficionados de la región. Se encuentran el fin de semana en las diferentes galleras del eje cafetero, aunque en algunos casos se programen las peleas entre semana.
Siguiendo a los artesanos criadores, entramos en una gallera, escenario teatral de esta práctica. Los gallos de la suerte, crónica de una noche en una gallera del eje cafetero colombiano.







La noche acaba de caer sobre el pueblo colombiano de Supía, situado en el corazón rural del departamento de Caldas. A la salida del pueblo, siguiendo las luces de las pocas movilidades que siguen trabajando, se escuchan hasta el amanecer las voces entremezcladas de los hombres y los animales. Y suena, saturada, la voz melancólica de Olimipio Cárdenas.
Instalada en una granja de altos techos, a orillas de la carretera principal que corta el pueblo en dos, la gallera La Caponera se enciende un martes al mes hasta el amanecer. Bajo sus neones, el tiempo es otro: se mide en los cuartos de hora que dura cada pelea y en las manchas de sangre que se acumulan en la alfombra del circo reñidero. Las numerosas peleas, a veces hasta 40, duran hasta las primeras luces del día. La gente empieza a afluir hacia la puerta metálica de la granja después de los doce golpes. Los gritos de los paisanos y el canto de los animales cubren el ruido de los vasos del patio de comida en cuyo bar espera un camarero improvisado que sirve cerveza a temperatura ambiente. Dos mil pesos y una sonrisa de su ayudante, una muchacha del pueblo, camarera extra.




Existen en la gallera lugares esenciales para la organización de las peleas: la zona de pesaje, las mesas del patio de comida y el ruedo del circo. En los tres espacios se mezclan los personajes más emblemáticos de universo gallístico: el criador de gallos, el apostador, el juez, el vendedor de espuelas, y el dueño de gallera. Son los actores principales de la economía gallística.
Bajo el humo de los cigarros, la gallera se estremece, bulliciosa como en tiempo de feria. Se transforma por momentos en una plaza de mercado. Los protagonistas aprovechan los encuentros para hablar de negocios, sellar acuerdos y contratos, con el código de honor que les otorga la sacrosanta “palabra del gallero”. Se juega a las cartas y a los dados en las mesas del patio de comidas. En este ambiente muy masculino, algunas mujeres con gafas de sol acompañan a los jugadores de póker que tienen buena mano.





Alcohol y súplica de los apostadores, plumas volando y aves esperando su hora en jaulas o suspendidos en barras de cañas, conforman el colorado escenario de las peleas.
En el fondo de la nave sudorosa de tierra, aparece el circo de las riñas. Es una construcción de cañas de tres gradas donde concurren los aficionados para observar el desenlace de las peleas previstas para esta noche. En la jungla de voces, animales y hombres pelean para el honor y su corolario humano el dinero.





Se siguen con atención las primeras transacciones para la organización de la pelea. Cerca de la zona de pesaje, lugar del equilibrio y de la trampa, los propietarios de los gallos pesan a sus protegidos, “cazando” ―buscando― pelea. Las riñas se organizan entre aves que tienen sensiblemente el mismo peso, tamaño y edad: “en la gallera uno busca la igualdad para pelear” (César). Se decide en la caza el montón de la apuesta entre galleros, de 300 mil a un millón de pesos. A veces, la búsqueda de un contrincante que pueda proporcionar una pelea equilibrada puede durar toda la noche. En la gallera rural, donde no hay un orden definido para las peleas, éstas se organizan a medida que los dueños de los gallos las encuentran.
En el mar oscuro y enfurecido de los sombreros se discute el montón de la apuesta para la pelea. Con pañal blanco en el hombro, los galleros negocian un precio justo para echar a sus protegidos.
Entre mentira fundada y verdad fingida, las negociaciones abren un espacio teatral y inspirado, reino de los iniciados en la gran misa de los buscas. Existe un intersticio donde reside la verdad, una palabra fruto de la negociación. Esta no necesita cartel fijo o escritura para registrarse como un número del mercado, sino que es una palabra entre iniciados, que no se puede traicionar sin perder su estatuto de persona honorable, y sentir la condena implícita de la sociedad gallística, que acaba por apartar al tramposo.





La pelea se decide finalmente entre un gallo colorado y un gallo grillo, casi rubio. Seguidos por los vendedores de espuelas, los galleros cruzan el patio de comida para instalarse en una mesa y preparar el gallo para la riña.




Hace treinta años, en las galleras colombianas, los gallos peleaban “pata a pata”, con la espuela natural, uña que crece encima de la pata del ave, y que le sirve para pelear por el dominio del patio. Los hombres cambiaron la uña natural del gallo por una espuela artificial, de carey o sintética. Esas espuelas se compran los días de pelea a algunos vendedores, 90 mil la caja, precio de partida siempre a negociar. Entre gallero y vendedor de espuela empieza otra negociación alrededor de las fundas rojas de las espuelas. Son puntas brillantes, lisas y curvadas de entre 30 y 50 milímetros que imitan la espuela natural. Están montadas en una cabeza de metal.




Alrededor de la cortada espuela natural, el gallero ayudado por el vendedor pega tiras del esparadrapo distribuido por el juez de la pelea. Para evitar trampas o discusiones posteriores entre galleros, todo lo que toca las patas de los gallos queda bajo la responsabilidad del juez. Existe en el mundo gallero, el temor a se envenenen las espuelas, provocando la muerte prematura del contrincante. Encima de las tiras de telas, se coloca la espuela de carey como el guante de un boxeador. Para evitar que se caiga, se pega la uña artificial con cera y tiras adhesivas.




El ave colorada está lista para entrar. En sus dos años de vida ya disputó y ganó seis peleas. El orgulloso gallero se levanta encaminándose a la puerta del circo. La música del bar enmudece, signo inequívoco de la inminencia de la pelea. Los combatientes están en brazos de sus dueños que enseñan a los espectadores sus muslos mutilados sin plumas. Cuello limpio, cresta y barbillas cortadas, los gallos penan por esconder su impaciencia. Es costumbre sacar plumas y carnes que puedan servir de apoyo a un ataque del adversario1.




Los galleros presentan la mutilación como un acto estético. La mezcla de lo práctico y de la razón estética implica una humanización de lo salvaje. Los muslos a descubierto enseñan la musculatura del gallo, como las piernas depiladas del ciclista. El escenario de la gallera sirve para promocionar a los atletas y a sus entrenadores. El destino del animal y de los hombres queda ligado hasta el final de la riña.




Sólo las manos de sus propietarios impiden que empiece la pelea antes de hora. Los gallos están en la pista, mirándose de reojo y enseñando sus calidades a los apostadores del ruedo. En el primer rango están los personajes reconocidos de la región: galleros de buena fama, dueños de galleras, “cuartos buenos”, apostadores de talento, vendedores de espuelas y algunos ancianos.
Comienza el juego de las apuestas en un furor de voces: “¡voy 50 al grillo!”, “¡pago 25 a cualquiera!”. Una mirada es suficiente para indicar el pacto entre apostadores. Por encima de la pista del ruedo, los jueces escriben en el cartel central el número de la pelea, el nombre del criador, el color del gallo, y la suma de la apuesta. Hay decenas de adjetivos para hablar del color del gallo: gallo morado (pluma con tintes violeta), manso, saraviado (siete colores), colorado (en relación a un contrincante más claro de pluma), tinto (rojo), frisol (con puntos), grillo (rubio), canelo, hosco (violeta oscuro), blanco, negro, gris, etc.




Reinician el reloj, situado también en el centro del circo a la altura de la cabeza de un hombre. Los jueces toman en brazos los gallos aproximándolos entre sí para excitar su instinto guerrero. Las aves se pican la cabeza unos segundos. Las alejan hasta los dos extremos del circo. El juez grita “¡patio!”, y se vacía poco a poco la pista de los pocos apostadores y galleros que seguían haciendo negocio. Limpian las espuelas y el plumaje de los animales con limón. Los aficionados sentados en las gradas miran a los combatientes, con la esperanza de haber apostado al buen gallo. Es un momento particularmente silencioso: ya no suena la música y las apuestas se suspenden.
“¡Va la Pelea!”. Los jueces sueltan a los gallos al mismo tiempo. Van corriendo en línea recta hasta chocarse. En contraste con el minuto anterior, se abre un concierto de gritos dirigidos a los combatientes: “¡vamos mi hijito!, ¡pelea!, ¡a la guerra!”. Se reanudan las apuestas. Los hombres se levantan, gesticulan, gritan, se empapan de los gestos de los gallos, los acompañan con la voz y el cuerpo. La fiebre sube a medida que el tiempo corre. Los animales saltan enseñando su espuela al adversario. Se pican la cabeza y la cresta motilada.




Poco a poco las partes superiores de los animales empiezan a sangrar bajo el pico del adversario. Los gallos entran enfurecidos, el cuerpo a cuerpo es constante; sólo se separan para tomar impulso en el suelo y saltar con las patas hacia el adversario, esperando clavar su a aguda espuela.
Muchas veces, el ritmo de la pelea es tan sostenido que los animales pierden una de las dos espuelas. Los hombres han previsto esta eventualidad. Hasta los 5 minutos se permite parar la pelea para cambiar la espuela caída. En este caso, los jueces agarran a los animales para confiarlos a sus criadores y que se cambie la espuela. Mientras se hace el cambio, las apuestan siguen. Los gritos y los silbidos son como la banda sonora de la pelea, un concierto caótico que suena hasta los últimos minutos, cuando ya parece adivinarse el desenlace, quitando al juego su dimensión azarosa.




Los animales reanudan su baile bélico y los golpes se suceden. Las plumas arrancadas por los picos vuelan empujadas por las alas de los combatientes y la sangre mancha el magnífico plumaje de las aves. En los muslos, o en el cuello pelado, se pueden ver las primeras marcas de espuelas. Como para los colores de los gallos, hay decenas de adjetivos para hablar de las heridas entre gallos: “pulmonazo” (golpe en la pechuga), “huevera” (en los testículos), “degüelle” (al cuello), “degolladura” (en la carótida), “desnucar” (en la nuca), “gallo tuerto”, etc. El panorama lingüístico se caracteriza por numerosas variantes que sólo puede percibir el iniciado al mundo gallístico.
“¡Así es!, ¡así es!, ¡así es!”, “¡lastímele mi hijito!”, “¡vamos grillo!”, grita Francy, gallera e hija de gallero. Los últimos minutos son interminables, y las miradas tensas. Los gallos han reducido el ritmo de los golpes pero siguen enlazados. Están exhaustos, caen varias veces en la alfombra, despertando los gritos del público. Borrachos de fatiga y pintados por la mezcla de sangres, los gallos se arrinconan con coraje: nadie quiere perder. El grillo tiene un corte profundo en el cuello; su adversario tiene la pechuga herida. El cuerpo a cuerpo colorea las paredes del redondel. Las plumas se acumulan en las extremidades del ruedo mezclándose con las de peleas anteriores.
En un último esfuerzo el grillo levanta la pata hasta la altura de la cabeza de su adversario, donde le clava la espuela. Bajo la sombra inmensa del gallero ganador, el combatiente cae. Nace una efusión de gritos de celebración. El circo se llena de ganadores y perdedores. Los galleros se llevan sus campeones para lavarlos y administrarles los primeros auxilios bajo el grifo de agua.




La pelea se decidió, el perdedor busca al ganador para pagarle, respetando su palabra. Los que apostaron directamente con el gallero ganador recibirán su dinero una vez que el gallero perdedor pague. La tensión se relaja, el público sale del circo para ir al patio de comidas o volver a la zona de caza, esperando encontrar un gallo fino para apostar y seguir el juego hasta el amanecer.




Las galleras hablan de hombres que lo perdieron todo en las apuestas. Llevados por la esperanza de la ganancia, por el vértigo que supone poner en las patas de los gallos el dinero de la paga, se olvidaron de que “en los gallos no hay lógica”, como recuerda Juan Jesús, criador reconocido de Manizales: “sólo está el honor de ver a su gallo pelear bien, por eso se dice: el buen gallero nunca pierde”. El criador lleva esta frase escrita en el frontón de su casa, dando sentido a su trabajo y a su vida. En este universo de la suerte, encontró en la convivencia y el amor por sus animales, una especie de sabiduría, de verdad consolidada. Esta ni se vende, ni se compra, es la sabiduría de los hombres humildes, fruto de la experiencia y de la entrega a este trabajo. Pocos parecen entenderla y siguen buscando en el juego alguna racionalidad, alguna receta contra el destino que les hizo buenos y perdedores:
“-¡Carajo! ¿No me dijo usted que el blanco era el bueno?
- Si señor -contestó tranquilo el gallero- el blanco era el bueno. ¿No vio que pacífico era? En cambio el colorado era bien malo. ¿O acaso había visto usted un asesino más peligroso?”.
(Los cuentos de la gallera)







1La pista del ruedo es un escenario donde se humaniza la pelea de dos aves, mediante la definición de reglas, y su control por parte de la pareja juez-ayudante, la presencia de etapas anteriores y posteriores a la pelea, y finalmente, con el acto estético de transformación del ave-campeón.

martes, 8 de febrero de 2011


CARNAVAL EN COLOMBIA: CUANDO EL PUEBLO TOREA AL DIABLO

(Publicado en "7 días", Periódico Cambio, Febrero 2011)

En el departamento colombiano de Caldas, situado en el centro del país, la localidad de Riosucio -55 mil habitantes- celebra cada dos años un carnaval dedicado al diablo. Desde el cuarto día empiezan las corridas populares, allí llamadas corralejas. Los atrevidos vencedores que consiguan burlar al toro feroz,
representante del diablo o diablo en sí mismo se proclaman reyes por un día.



En el departamento colombiano de Caldas, situado en el centro del país, la localidad de Riosucio -55 mil habitantes- celebra cada dos años un carnaval dedicado al diablo. La fiesta, que empieza el primer viernes del mes de enero y dura seis días, se considera una de las manifestaciones festivas y populares más representativas de Colombia. Celebrado desde el año 1847, el carnaval fue declarado en 2010 patrimonio cultural inmaterial de la nación.

En pleno corazón del carnaval, se desarrollan a partir del cuarto día, corridas populares donde los habitantes risueños afrontan a toros seleccionados en la región. Son las corralejas. La república carnavalesca las celebra con sonrisa y subversión. La inversión de valores y la alteración del orden establecido propios del carnaval, encuentran en el encierro de las corralejas su momento más decisivo: se proclaman reyes por un día los atrevidos vencedores que consigan burlar al toro feroz, representante del diablo o diablo en sí mismo.

Las corralejas riosuceñas burlan al colonizador español, propietario de los toros y aficionado a las corridas. El ruedo depurado de las arenas y el noble porte del torero español dejan lugar a un circo de hierba donde disfrazados personajes, motivados por tres días de fiestas, pasean al lado del torero- gallina, torero burlesco y antinómico, asustado por el animal cornudo. El juego de las corralejas consiste en acercarse al bovino evitando sus cargas. Pocos lo consiguen.

Las arenas ocupan la superficie de un campo de fútbol y desde las 15h, 8 mil personas ocupan parajes alquilados para las tres tardes que duran las corralejas. Desde los corredores de cañas de la entrada, las arenas aparecen multicolores y ruidosas. La bajada hacia el circo es ardua, radical, solo paran los pies del visitante maderas regulando el suelo de barro, a modo de escaleras. Cierran la plaza de toros gradas de cañas de unos tres metros de altura, algunas protegidas por techos de plástico negro.

Al sonido de las bandas, el espectáculo da comienzo con la entrada de los jinetes. La belleza y nobleza de los caballos recuerdan al orden establecido, al dominio de los terratenientes sobre la muchedumbre. El porte artístico y arrogante de los caballos de raza, contrasta con la llegada de los primeros emisarios de la república carnavalesca. No es día para la nobleza, el pueblo disfrazado de rey penetra en el circo siguiendo el ritmo de la banda. Saltan los fuegos artificiales y el ruido de los petardos acalla a la muchedumbre. Payasos, jueces diabólicos, ministros de comparsas, cantos satíricos y salaces, mujeres impúdicas y motos con cabeza de toro, desfilan en el ovalado encierro al pulso del paso doble. El público saluda a sus héroes. El torero-gallina recibe los abrazos efusivos de los espectadores, como flores tiradas en la arena al final de una corrida. Ídolo del momento, ya se ha ganado el corazón de todos.

Pronto las motos empiezan su baile imitando a toros enfurecidos. Súper-héroes con botellas de ron, se lanzan a torear. Las bromas acompañan a los bailarines del desfile hasta que la fanfarria desaparece por la puerta de las gradas, seguida por los caballos. Quedan en el encierro, los aspirantes a la gloria, al triunfo de un día en la pelea con alguno de los seis toros presentados durante la tarde.

Es la hora de la bestia. El paso doble se enmudece. Sentados en las gradas y golpeados por los rayos del sol, los espectadores unen sus voces para pedir la entrada del primer toro. El animal entra de repente por una puerta lateral. El público se alboroza. Olvidados los nobles jinetes, la burla y lo ridículo de los toreros-gallinas, vienen a presenciar el juego de los hombres con el animal cornudo, hijo representante del diablo. Acá, no hay banderillas ni espadas para matar al toro, solo payasos, capas de colores, y 200 hombres listos para acercarse al animal evitando las cuernas -que llevan una protección-. Un juego de niños que caminan en un hilo tendido entre la vida y la muerte, la gloria efímera y el recuerdo popular. En la leyenda de esos enfrentamientos épicos quedó la historia del Chorizo, hijo riosuceño, quien antes de entrar en la arena dejó plantada en la memoria de la ciudad la frase que propiciaría su muerte: “Quiero que me lleve el diablo”. El toro lo golpeó por atrás, y se lo llevó.

Los toros se suceden en el arenal. A medida en que pasan las horas, los protagonistas multiplican los riesgos, saltando encima o toreando al animal. El cuello forzudo tira en el aire a los primeros imprudentes, sin accidente grave. Los caídos, pisoteados por el toro, se hacen los muertos hasta que alguien llama la atención del animal. Pronto desaparecen debajo de las gradas para recibir cura. En un ambiente eléctrico, los cobres de las trompetas anuncian la entrada del último toro, “el más bravo” según los especialistas. De los inconscientes presentes en el encierro destacan dos hombrecillos que multiplican las proezas. Torean al animal con fineza, despertando la admiración de las gradas. “Olé”, el muchacho de la capa azul acaba de cruzar toda la anchura del parque, con el toro pegado a la tela. Este es hijo de la costa, donde pelean a toros con cuernos desnudos. El hijo del país, un chico flaco con capa roja, salta de una pirueta evitando los cuernos. Recibe aplausos y sigue en la plaza para torear a su vez. El pueblo tiene a sus héroes. Y para agradecerle su coraje, el paisano regala pesos y aguardiente.

La astucia y la bravura propia de los hijos pródigos arrastraron a la bestia diabólica, cornuda y musculosa, enmarcando el acto festivo en una historia épica. El encierro del arenal se convirtió por algunas horas en el centro del mundo. Donde fuerzas definidas como diabólicas y humanidad desnuda buscaron resolver, apartados de la mirada arrogante de los jinetes aristócratas, la eterna cuestión del vivir anónimo. Morir de pie o vivir sin dejar huella, acercarse a la muerte para sobrevivir en los corazones y la memoria popular. Ser pobre y héroe, entrando en la gran historia carnavalesca de la subversión del orden establecido. Escaparse unos momentos del orden social y de la historia de los dominantes para que se sigua escribiendo con esperanza la leyenda del carnaval. “Quiero que me lleve el diablo” decía el Chorizo.