“La misma vida es tan sagrada como pagana, no hay porqué hacer esta división, la cual sufre el cristianismo”. (Padre Enrique, párroco de Santa Vera Cruz.).
Foto: Periódico Los TiemposEn la llanura de Cochabamba (Bolivia), florece los primeros días de mayo la fiesta de la fertilidad en la Parroquia de Santa Vera Cruz. La celebración expresa un culto Cristiano adaptado a la vivencia cotidiana de los campesinos de los valles andinos quechuas. En él se mezclan las creencias católicas y andinas, dando lugar a una doctrina y a un culto propio fruto de una expresión identitaria silenciada durante siglos.
La fiesta adoptó como máximo símbolo, un cristo moreno, nombrado Tatala por los creyentes que confían en sus poderes como confían en las Huacas sagradas (lugar sagrado del mundo andino, materializado por un elemento natural como una piedra o un monte).Antes de la llegada de los colonizadores, se festejaba la Cruz andina, la Chakana, como puente cósmico entre los hombres y el macrocosmo concebido como lo sagrado. Existe aún la costumbre de colocar cruces para proteger los cultivos durante todo el año agrícola. El 3 de mayo, día en que la cruz del sur adquiere una forma perfecta, marca el fin del año agrícola y el inicio de las cosechas. Los campesinos agradecen a los dioses haber prodigado fertilidad y abundancia, acudiendo en masa hasta la parroquia para realizar ofrendas a Dios y a la Pachamama. Piden al Tatala, fertilidad de la tierra, de los animales y de las mujeres. La puerta de los dioses de Santa Vera Cruz, crónica realizada en mayo del 2011.Sobre la tierra brotan montículos de piedras y carpas de colores. Huele a humo y las chicherías de la carretera principal exhalan un aliente de resaca permanente. Creció un campamento nómada, una joya gitana con un vestido de virgen, que solo cesa sus ocupaciones festivas para desocupar la vía cuando pasa el tren, un ómnibus urbano montado en ruedas ferroviarias.
La feria alarga sus brazos sobre tres kilómetros, tomando a la ruta sur, hasta la parroquia de Santa Vera Cruz, a la salida de la ciudad de Cochabamba.
En medio de cerros secos entre la carretera y un río sin aguas, la parroquia creció como un oasis, en el que las fachadas de los edificios dan cobijo a árboles y plantas. Definido por muros de adobe, aparece bajo el sol mañanero el canchón de la parroquia como un campo de fútbol humeante donde festejan, rezan y duermen los devotos.
Foto: Periódico Los Tiempos.
Las madres con los cabellos mezclados con mixtura de papel, riegan la tierra con el alcohol, Ch’allan -brindan- por la salud de sus hijos y maridos, sentados alrededor de pequeños montículos hechos con piedras para proteger un fuego que quema la bosta de sus animales.
Uno, dos, tres días de fiesta sin dormir, rezando, cantando, bebiendo con la bendición del Cristo, y alimentando a la Pachamama. El Canchón, un campo de tierra delante de la iglesia, parece un fuego a penas apagado, que guarda bajo las cenizas, las brasas de la eternidad, la luz para que no se acabe nunca el acto de fe del pueblo campesino reunido.
El humo negro que se escapa de las chimeneas improvisadas es el aliento de las familias para conectar con la Pachamama. Las cenizas de la bosta, benditas por la oración al cristo Tatala, se recogerán y se esparcieran en los corales para que los animales sean fecundos.
Hay miles de velas y el olor del incienso acaricia al cristo subido al escenario como una estrella Rock. Contempla a la multitud, que espera su turno en una cola interminable, de día y de noche, para poder acercársele, tocarle y pedirle fertilidad. Con el paso de los días, la máscara de sufrimiento del cristo se vuelve burlona, como cargada de los miles de deseos, sufrimientos, y frustraciones que la muchedumbre abandona a sus pies.
Tiene lugar en el altar del cristo, un curioso intercambio entre mujeres: las que no desean procrear, dejan un muñeco con aspecto de niño o niña delante de la imagen, del otro lado, las mujeres que desean tener un hijo alaban las virtudes del Tatala para hacerlas fecundas. Los muñecos son causa de pelea entre mujeres, en un verdadero festín antropófago organizado por el mismo Señor de Vera Cruz. Mujeres de otras latitudes vinieron a buscar un hijo o un nieto, y aprovechan su estatura anglosajona para hacerse campo y recoger varios muñecos. Vuelven a sonar las espadas coloniales, en este saqueo de trapos y de estatuas infantiles, hasta que sol, Arí, buscando desde tiempos inmemoriales a su hermano Yazi, la luna, desaparezca detrás de los eucaliptos del canchón.
La Chicha, el alcohol de maíz de los Incas, así como la coca y el cigarro, siguen pasando de manos en manos mientras los perros buscan comida, rumbeando entre las familias sobre las notas menores de los acordeones y agudas voces de mujeres. Entre charango y guitarra, las polleras juegan con los hombres, que les contestan, componiendo coplas picarescas y burlonas. Cantadas en quechua, consisten en “pinchar” a la pareja para que conteste. Los temas son de vida cotidiana e íntima, y se dirigen al Tata Vera Cruz, por ejemplo:
“yo trabajo todos los días” (la mujer) “¿Y tú qué haces allí parado?” (Dirigiéndose al cristo)
Los versos son un reclamo, una manifestación de peticiones al Señor.
Las coplas se enredan, los ritmos se repiten, hombres y mujeres se buscan detrás de sus versos, hasta unirse para provocar al cristo esperando que trabaje para ellos. En los versos y los bailes los jóvenes campesinos se inician al amor, y con la noche, acaban acomodándose enamorados en algún rincón de hierbas secas.
La fila de creyentes sigue delante del Cristo. Tienen en la mano flores amarillas de retama para tocar al Tatala, apropiándose salud y vida. Las flores se guardarán en casa para espantar a los males espíritus. Salidas de la tierra como bellezas para la poesía humana, son el símbolo supremo de la vida, frente a la destrucción y los males espíritus de la oscuridad.
Cada oración tiene su vela y la noche demencial es una mezcla desbordante de sentimientos humanos dirigidos hacia el Cristo, un gigante vivo y sudoroso de prepotencia. Sus ojos pérfidos parecen reírse de la muchedumbre.
Esta expresión de fe donde se mezclan catolicismo y religión andina, es una expresión de una identidad que durante siglos ha sido censurada. No se reza por los muertos sino para la vida y todo lo que hace parte de ella: dinero, autos, casas, que se compran en sus versiones miniaturas a las vendedoras de la feria, para que reciban la bendición del Señor, trabajo y protección.
A la diferencia del rezo católico, individual y realizado en un espacio definido y silencioso, como puede ser una iglesia, la oración andina se hace hacia afuera, en el canchón, lugar del llanto y de la risa, donde se comparten las esperanzas y la fe en algo superior. Si se pide fecundidad de la tierra es porqué regala la vida.
Explica Enrique: “somos de cultura agraria, nuestra vida depende mucho de la tierra, entonces te tienes que inventar objetos, realidades que te ayuden a sostener eso mismo: que la tierra no te falle, que te dé vida, y en abundancia.”.
El cristo acabará vestido de billetes de banco, y como a los pies de un árbol de navidad, aparecerán en la nave de la iglesia, además de los tradicionales animales, miniaturas de autos, camiones y casas, es decir los diferentes medios para la vida del pueblo boliviano.
Los migrantes bolivianos trajeron otras formas para un culto que parece individualizarse en sus pedidos.
Sin embargo, las misas en quechuas plantean la existencia de un Cristianismo Andino, como una teología ocultada y negada, y que por circunstancias históricas, tiene hoy un papel determinante en la creación de una identidad boliviana descolonizada.
Queda en el aire el aliento de las miles de gargantas que vinieron para pedir fertilidad y prosperidad.
En la cripta ardiente de fe, el padre reclama en quechua los versos de su cristo negro envuelto por el humo de los inciensos.
Acaba de volver al templo el Tatala de las coplas, la cruz de la Chakana, y se cerró detrás de ellos, la puerta de los dioses hasta el año siguiente.
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