Los gallos de la suerte: crónica de una noche de pelea en una gallera colombiana
(publicado en la Revista 7 días, Cambio, Mayo 2011, La Paz)
En el eje cafetero colombiano, cada pueblo o ciudad cuenta con una gallera, lugar de las peleas de gallos, y un criadero, lugar de cría de las aves de pelea, que acostumbran a situarse en barrios periféricos o en zonas rurales próximas a la urbe. Al margen del tumulto de los centros económicos y comerciales de los núcleos, entre el campo y la ciudad, son el lugar de expresión de un grupo social, con sus normas, su vocabulario, sus mitos y secretos.
Las peleas de gallos van mucho más allá de su violencia inherente o de las apuestas que las sostienen. Son parte de una cultura popular rural, donde hombres y animales desempeñan unos roles definidos en una proximidad cotidiana. A diferencia del mundo urbano, en el que el animal se valora por domesticación y es mascota, acompañante humanizado, las aves de pelea se crían respetando la naturaleza del animal, e incluso incentivando su carácter bélico y salvaje. Los grandes peleadores viven de manera independiente, y vuelven al patio sólo para comer.
Legales y reguladas por el estado colombiano, las peleas de gallos están presentes en todo el territorio. Han sido descritas por algunas grandes plumas latinoamericanas como Gabriel García Márquez y cantadas o pintadas por el folclore popular. Se trata de una pasión que involucra a generaciones de criadores de gallos de pelea. Familias enteras se dedican profesionalmente a criar gallos, subsistiendo con la venta de sus gallos y el cobre de las apuestas. Las galleras del eje cafetero mantienen una gran proximidad con sus criaderos. Los propietarios de los gallos de pelea son, en general, los propios criadores, aunque en algunos casos el criador cuida gallos de otro. En este mundo todos se conocen y trabajan de manera artesanal en pequeñas instalaciones. Son los artesanos de la “Ciencia Gallística” y los actores principales del juego. Buscan, a través de cruces genéticos y del entrenamiento de las aves, conseguir un “gallo fino” que le permita recibir los honores de sus pares.
Si las galleras son la cabeza visible de este universo, los criaderos son el vientre donde se gesta su cultura, a través de la convivencia con las aves y su cuidado cotidiano, por parte de los criadores. “A uno le corre por la sangre” afirman los que crían los gallos de pelea.
Juego y trabajo se unen para dar lugar a un modo de vida compartido por un centenar de aficionados de la región. Se encuentran el fin de semana en las diferentes galleras del eje cafetero, aunque en algunos casos se programen las peleas entre semana.
Siguiendo a los artesanos criadores, entramos en una gallera, escenario teatral de esta práctica. Los gallos de la suerte, crónica de una noche en una gallera del eje cafetero colombiano.
La noche acaba de caer sobre el pueblo colombiano de Supía, situado en el corazón rural del departamento de Caldas. A la salida del pueblo, siguiendo las luces de las pocas movilidades que siguen trabajando, se escuchan hasta el amanecer las voces entremezcladas de los hombres y los animales. Y suena, saturada, la voz melancólica de Olimipio Cárdenas.
Instalada en una granja de altos techos, a orillas de la carretera principal que corta el pueblo en dos, la gallera La Caponera se enciende un martes al mes hasta el amanecer. Bajo sus neones, el tiempo es otro: se mide en los cuartos de hora que dura cada pelea y en las manchas de sangre que se acumulan en la alfombra del circo reñidero. Las numerosas peleas, a veces hasta 40, duran hasta las primeras luces del día. La gente empieza a afluir hacia la puerta metálica de la granja después de los doce golpes. Los gritos de los paisanos y el canto de los animales cubren el ruido de los vasos del patio de comida en cuyo bar espera un camarero improvisado que sirve cerveza a temperatura ambiente. Dos mil pesos y una sonrisa de su ayudante, una muchacha del pueblo, camarera extra.
Existen en la gallera lugares esenciales para la organización de las peleas: la zona de pesaje, las mesas del patio de comida y el ruedo del circo. En los tres espacios se mezclan los personajes más emblemáticos de universo gallístico: el criador de gallos, el apostador, el juez, el vendedor de espuelas, y el dueño de gallera. Son los actores principales de la economía gallística.
Bajo el humo de los cigarros, la gallera se estremece, bulliciosa como en tiempo de feria. Se transforma por momentos en una plaza de mercado. Los protagonistas aprovechan los encuentros para hablar de negocios, sellar acuerdos y contratos, con el código de honor que les otorga la sacrosanta “palabra del gallero”. Se juega a las cartas y a los dados en las mesas del patio de comidas. En este ambiente muy masculino, algunas mujeres con gafas de sol acompañan a los jugadores de póker que tienen buena mano.
Alcohol y súplica de los apostadores, plumas volando y aves esperando su hora en jaulas o suspendidos en barras de cañas, conforman el colorado escenario de las peleas.
En el fondo de la nave sudorosa de tierra, aparece el circo de las riñas. Es una construcción de cañas de tres gradas donde concurren los aficionados para observar el desenlace de las peleas previstas para esta noche. En la jungla de voces, animales y hombres pelean para el honor y su corolario humano el dinero.
Se siguen con atención las primeras transacciones para la organización de la pelea. Cerca de la zona de pesaje, lugar del equilibrio y de la trampa, los propietarios de los gallos pesan a sus protegidos, “cazando” ―buscando― pelea. Las riñas se organizan entre aves que tienen sensiblemente el mismo peso, tamaño y edad: “en la gallera uno busca la igualdad para pelear” (César). Se decide en la caza el montón de la apuesta entre galleros, de 300 mil a un millón de pesos. A veces, la búsqueda de un contrincante que pueda proporcionar una pelea equilibrada puede durar toda la noche. En la gallera rural, donde no hay un orden definido para las peleas, éstas se organizan a medida que los dueños de los gallos las encuentran.
En el mar oscuro y enfurecido de los sombreros se discute el montón de la apuesta para la pelea. Con pañal blanco en el hombro, los galleros negocian un precio justo para echar a sus protegidos.
Entre mentira fundada y verdad fingida, las negociaciones abren un espacio teatral y inspirado, reino de los iniciados en la gran misa de los buscas. Existe un intersticio donde reside la verdad, una palabra fruto de la negociación. Esta no necesita cartel fijo o escritura para registrarse como un número del mercado, sino que es una palabra entre iniciados, que no se puede traicionar sin perder su estatuto de persona honorable, y sentir la condena implícita de la sociedad gallística, que acaba por apartar al tramposo.
La pelea se decide finalmente entre un gallo colorado y un gallo grillo, casi rubio. Seguidos por los vendedores de espuelas, los galleros cruzan el patio de comida para instalarse en una mesa y preparar el gallo para la riña.
Hace treinta años, en las galleras colombianas, los gallos peleaban “pata a pata”, con la espuela natural, uña que crece encima de la pata del ave, y que le sirve para pelear por el dominio del patio. Los hombres cambiaron la uña natural del gallo por una espuela artificial, de carey o sintética. Esas espuelas se compran los días de pelea a algunos vendedores, 90 mil la caja, precio de partida siempre a negociar. Entre gallero y vendedor de espuela empieza otra negociación alrededor de las fundas rojas de las espuelas. Son puntas brillantes, lisas y curvadas de entre 30 y 50 milímetros que imitan la espuela natural. Están montadas en una cabeza de metal.
Alrededor de la cortada espuela natural, el gallero ayudado por el vendedor pega tiras del esparadrapo distribuido por el juez de la pelea. Para evitar trampas o discusiones posteriores entre galleros, todo lo que toca las patas de los gallos queda bajo la responsabilidad del juez. Existe en el mundo gallero, el temor a se envenenen las espuelas, provocando la muerte prematura del contrincante. Encima de las tiras de telas, se coloca la espuela de carey como el guante de un boxeador. Para evitar que se caiga, se pega la uña artificial con cera y tiras adhesivas.
El ave colorada está lista para entrar. En sus dos años de vida ya disputó y ganó seis peleas. El orgulloso gallero se levanta encaminándose a la puerta del circo. La música del bar enmudece, signo inequívoco de la inminencia de la pelea. Los combatientes están en brazos de sus dueños que enseñan a los espectadores sus muslos mutilados sin plumas. Cuello limpio, cresta y barbillas cortadas, los gallos penan por esconder su impaciencia. Es costumbre sacar plumas y carnes que puedan servir de apoyo a un ataque del adversario1.
Los galleros presentan la mutilación como un acto estético. La mezcla de lo práctico y de la razón estética implica una humanización de lo salvaje. Los muslos a descubierto enseñan la musculatura del gallo, como las piernas depiladas del ciclista. El escenario de la gallera sirve para promocionar a los atletas y a sus entrenadores. El destino del animal y de los hombres queda ligado hasta el final de la riña.
Sólo las manos de sus propietarios impiden que empiece la pelea antes de hora. Los gallos están en la pista, mirándose de reojo y enseñando sus calidades a los apostadores del ruedo. En el primer rango están los personajes reconocidos de la región: galleros de buena fama, dueños de galleras, “cuartos buenos”, apostadores de talento, vendedores de espuelas y algunos ancianos.
Comienza el juego de las apuestas en un furor de voces: “¡voy 50 al grillo!”, “¡pago 25 a cualquiera!”. Una mirada es suficiente para indicar el pacto entre apostadores. Por encima de la pista del ruedo, los jueces escriben en el cartel central el número de la pelea, el nombre del criador, el color del gallo, y la suma de la apuesta. Hay decenas de adjetivos para hablar del color del gallo: gallo morado (pluma con tintes violeta), manso, saraviado (siete colores), colorado (en relación a un contrincante más claro de pluma), tinto (rojo), frisol (con puntos), grillo (rubio), canelo, hosco (violeta oscuro), blanco, negro, gris, etc.
Reinician el reloj, situado también en el centro del circo a la altura de la cabeza de un hombre. Los jueces toman en brazos los gallos aproximándolos entre sí para excitar su instinto guerrero. Las aves se pican la cabeza unos segundos. Las alejan hasta los dos extremos del circo. El juez grita “¡patio!”, y se vacía poco a poco la pista de los pocos apostadores y galleros que seguían haciendo negocio. Limpian las espuelas y el plumaje de los animales con limón. Los aficionados sentados en las gradas miran a los combatientes, con la esperanza de haber apostado al buen gallo. Es un momento particularmente silencioso: ya no suena la música y las apuestas se suspenden.
“¡Va la Pelea!”. Los jueces sueltan a los gallos al mismo tiempo. Van corriendo en línea recta hasta chocarse. En contraste con el minuto anterior, se abre un concierto de gritos dirigidos a los combatientes: “¡vamos mi hijito!, ¡pelea!, ¡a la guerra!”. Se reanudan las apuestas. Los hombres se levantan, gesticulan, gritan, se empapan de los gestos de los gallos, los acompañan con la voz y el cuerpo. La fiebre sube a medida que el tiempo corre. Los animales saltan enseñando su espuela al adversario. Se pican la cabeza y la cresta motilada.
Poco a poco las partes superiores de los animales empiezan a sangrar bajo el pico del adversario. Los gallos entran enfurecidos, el cuerpo a cuerpo es constante; sólo se separan para tomar impulso en el suelo y saltar con las patas hacia el adversario, esperando clavar su a aguda espuela.
Muchas veces, el ritmo de la pelea es tan sostenido que los animales pierden una de las dos espuelas. Los hombres han previsto esta eventualidad. Hasta los 5 minutos se permite parar la pelea para cambiar la espuela caída. En este caso, los jueces agarran a los animales para confiarlos a sus criadores y que se cambie la espuela. Mientras se hace el cambio, las apuestan siguen. Los gritos y los silbidos son como la banda sonora de la pelea, un concierto caótico que suena hasta los últimos minutos, cuando ya parece adivinarse el desenlace, quitando al juego su dimensión azarosa.
Los animales reanudan su baile bélico y los golpes se suceden. Las plumas arrancadas por los picos vuelan empujadas por las alas de los combatientes y la sangre mancha el magnífico plumaje de las aves. En los muslos, o en el cuello pelado, se pueden ver las primeras marcas de espuelas. Como para los colores de los gallos, hay decenas de adjetivos para hablar de las heridas entre gallos: “pulmonazo” (golpe en la pechuga), “huevera” (en los testículos), “degüelle” (al cuello), “degolladura” (en la carótida), “desnucar” (en la nuca), “gallo tuerto”, etc. El panorama lingüístico se caracteriza por numerosas variantes que sólo puede percibir el iniciado al mundo gallístico.
“¡Así es!, ¡así es!, ¡así es!”, “¡lastímele mi hijito!”, “¡vamos grillo!”, grita Francy, gallera e hija de gallero. Los últimos minutos son interminables, y las miradas tensas. Los gallos han reducido el ritmo de los golpes pero siguen enlazados. Están exhaustos, caen varias veces en la alfombra, despertando los gritos del público. Borrachos de fatiga y pintados por la mezcla de sangres, los gallos se arrinconan con coraje: nadie quiere perder. El grillo tiene un corte profundo en el cuello; su adversario tiene la pechuga herida. El cuerpo a cuerpo colorea las paredes del redondel. Las plumas se acumulan en las extremidades del ruedo mezclándose con las de peleas anteriores.
En un último esfuerzo el grillo levanta la pata hasta la altura de la cabeza de su adversario, donde le clava la espuela. Bajo la sombra inmensa del gallero ganador, el combatiente cae. Nace una efusión de gritos de celebración. El circo se llena de ganadores y perdedores. Los galleros se llevan sus campeones para lavarlos y administrarles los primeros auxilios bajo el grifo de agua.
La pelea se decidió, el perdedor busca al ganador para pagarle, respetando su palabra. Los que apostaron directamente con el gallero ganador recibirán su dinero una vez que el gallero perdedor pague. La tensión se relaja, el público sale del circo para ir al patio de comidas o volver a la zona de caza, esperando encontrar un gallo fino para apostar y seguir el juego hasta el amanecer.
Las galleras hablan de hombres que lo perdieron todo en las apuestas. Llevados por la esperanza de la ganancia, por el vértigo que supone poner en las patas de los gallos el dinero de la paga, se olvidaron de que “en los gallos no hay lógica”, como recuerda Juan Jesús, criador reconocido de Manizales: “sólo está el honor de ver a su gallo pelear bien, por eso se dice: el buen gallero nunca pierde”. El criador lleva esta frase escrita en el frontón de su casa, dando sentido a su trabajo y a su vida. En este universo de la suerte, encontró en la convivencia y el amor por sus animales, una especie de sabiduría, de verdad consolidada. Esta ni se vende, ni se compra, es la sabiduría de los hombres humildes, fruto de la experiencia y de la entrega a este trabajo. Pocos parecen entenderla y siguen buscando en el juego alguna racionalidad, alguna receta contra el destino que les hizo buenos y perdedores:
“-¡Carajo! ¿No me dijo usted que el blanco era el bueno?
- Si señor -contestó tranquilo el gallero- el blanco era el bueno. ¿No vio que pacífico era? En cambio el colorado era bien malo. ¿O acaso había visto usted un asesino más peligroso?”.
(Los cuentos de la gallera)
1La pista del ruedo es un escenario donde se humaniza la pelea de dos aves, mediante la definición de reglas, y su control por parte de la pareja juez-ayudante, la presencia de etapas anteriores y posteriores a la pelea, y finalmente, con el acto estético de transformación del ave-campeón.
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